Me atemorice tanto que reconocí la raíz de la pesadilla que ahora era mi realidad: había sido despojada de la seguridad de mi morada perpetua...había muerto ante mis propios ojos.
Enfrenté el desasosiego de mi búsqueda inconclusa. Todo esfuerzo, en adelante, sería infructuoso; jamás volvería a ver mi espiritualidad construida, la voluntad inquebrantable que me había mantenido con vida, la dulzura de mi corazón inocente, la astucia que me había sacado innumerables veces del laberinto de mis infiernos. Ya no poseía nada, ya no era alguien, ni algo. Me extinguí.
En ese instante, y como algunos dicen, mi vida pasó frente a mis ojos, cada recuerdo se vistió con las mejores ropas y desfiló al rededor mío. Entonces una extraña sensación me sobrecogió, en cada recuerdo nunca estuve realmente, no con la forma en la que siempre he crecido que he estado, siempre y en todo momento he sido otra.
Quizá nunca he existido y solo es una fantasía pensar lo contrario.
Que siempre reducida a un instante que al nacer ya está muriendo, y en consecuencia su propio alumbramiento es su muerte, así que nunca hubo un ser, solo un "siendo" imperceptible.
Pero de alguna manera al no ser nada, se reafirma la posibilidad de tenerme.
